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Narrativa M.Goldin

 

 

 

 

 

Narrativa

de Martha Goldin

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LA CALLE ACEVEDO

Sucedía cada vez que bordeaba el Botánico. Como si una fuerza brutal la empujara caminaba hacia la calle Acevedo, buscaba con cierta dificultad la puerta y se quedaba parada mirando. Útimamente notaba esto con mayor frecuencia mientras tomaba un café en el bar de Malabia. Ellos le preguntaban qué pasaba. Bromeando comentaba que se veía pasar con la beba en brazos y el hijo en triciclo. Era una broma triste y sentía como su voz se quebraba. También era cierto que cada vez más en esas calles tenía la sensación de haber retornado recién, como si los años transcurridos, la vuelta del exilio, se borraran y todo recién comenzara.
No era que extrañara los 70 del terror ni el dificultoso retorno a mediados de los 80. No era eso lo que añoraba, no. Sin embargo algo le sucedía. Esa mañana, como siempre, cruzó la avenida. El solcito de primavera y el cielo tan azul. Se sintió casi feliz. Pensó que no era bueno acercarse a la puerta, que la nostalgia siempre es peligrosa. El tiempo voló. Dejarlo ir, se dijo. Quedó parada cerca de la entrada largo rato. Detrás de la puerta vio la vaivén que se movía y a la mujer muy joven. Llevaba jeans y el pelo largo. La beba dormía. A su lado el hijo de tres años en triciclo y con una servilleta a cuadros azul y blanca anudada al manubrio. Ahí va la manzana deliciosa que tanto le gusta- pensó. Desvió la mirada. Acercarse. Por un momento creyó que sería lo mejor. Acercarse, fundirse en un abrazo, acariciarlos. Los siguió. Cruzó con ellos.
La madre sacó de un bolso de red la pala y el balde,la pelota de plástico de colores y los dejó al alcance del chico que ya se acercaba a sus amiguitos. Suavemente acunó a la beba.
Ni siquiera me mira, no me ve. Todo esto es mío, me lo arrebataron y vengo a recuperarlo. l974. En un gesto desesperado me acerqué a ella. La abracé,la abracé fuerte. Casi como a una hija.
Le esperan tiempos difíciles, pensé, muy difíciles.

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La habitación de al lado - Los Ángeles

Mi habitación es la 307. Muy confortable , tiene un balcón desde el cual puedo ver el Pacífico . En la 308 vive una mujer que grita con voz chillona y se pelea con alguien.Todas las noches se escuchan los golpes. Ella se va y vuelva inmediatamente. Patea la puerta con fuerza.
-Open -grita -open, fuckyou.
Alguien le abre y todo recomienza. A veces conversan, se rien. La voz del otro, el hombre, es gruesa y acariciadora. Por la mañana el silencio, como si en la 308 la noche hubiera transcurrido en paz. Silencio extraño que reordena todo cuando comienza a amanecer y espera sigilosamente las primeras sombras. He intentado en vano saber de quien es la voz masculina de la noche.
Vive sola-dice Ceci, la empleada hispana del hotel ,que aprovecha la oportunidad para hablar mal de la gringa .- se droga, toma mucho y cuando se baña llena de talco la habitación. Mándele nomás, hace meses que vive acá . Si no la deja dormir,llame a la policía-
Le brillan de odio los ojos negros y la piel canela de muchacha latina.
Y se va, la que se va es ella , arrastrando por el corredor su carrito de ropa blanca .
Me han ofrecido cambiar de habitación pero siento un ligero cansancio, como si una fuerza me detuviera . Sin embargo se que los ruidos de la 308 se harán sentir esta noche y así es. Comienzo a escuchar la voz gruesa y suave, las risas, los gritos, la puerta que se golpea .
Open- grita la del 308-
Apoyo mi oreja contra la delgada pared, otra vez la puerta se abre,
- Fuckyou- grita- fackyou.
Nuevamente silencio. Amanece temprano y espero que Ceci pase con su carrito para asear las habitaciones.
-Ceci -intento quejarme al verla -otra noche sin dormir.
- Andele -Ceci sonríe mostrando sus dientes muy blancos- pués hace dos días que la habitación está vacía.

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Autopista del Pacífico Sur – Los Angeles

 

Me gustaba caminar por Torrance. Me gustaban esos días en los que iba reconociendo calles, el barrio cercano al mar, las casitas. El aroma a jazmines impregnaba todo y cuando caía el sol se enrojecía el cielo , siempre celeste. El paisaje, mágico, parecía otro. Cruzaba el Higway y caminaba tres cuadras hasta el semáforo. Y tres más hasta divisar la casa baja y extensa , con su prolijo cartel Library de Torrance. Allí usaba la computadora . Solía atenderme una mujer muy gorda y rubia, de aspecto común . Una tarde sentí , molesta, que no dejaba de observarme. Me acerqué le pedí un libro y vi el miedo en su mirada.
- He soñado noche a noche contigo - me dijo- hace años que te sueño y te temo.
Creo que en ese momento no la comprendí. Acaso pensé que estaba loca :
De todas maneras ser parte del delirio de una obesa bibliotecaria californiana no me atrapaba , pero debo reconocer que sus palabras me inquietaron.
Algo en el silencio de la tarde, el hechizo que emanaba de ese ocaso y el aroma penetrante de los jazmines me estremecieron..
Resolví no ir al día siguiente y aprovechar esas horas visitando Palos Verdes , un pueblo enclavado en las colinas , fascinante con sus enormes palmeras sobre el mar . Un par de días después creí olvidada las extrañas palabras de la californiana y volví a la biblioteca. Allí, como siempre, estaba ella que casi no contestó mi saludo.
Ya en la computadora abrí e-mails. . Eran recuerdos de mis colegas por el Día de la Mujer, encuentros literarios , concursos. Lo de siempre. Creo que fue en esos momentos cuando sentí que la silla en la que estaba sentada crujía. Si, fue entonces que una sensación de extrañeza me invadió. Como si me estuviera desintegrando. .Me levanté lo más rápido que pude y observé el espejo de la entrada. Entonces me vi , definitivamente me vi , incómoda en el voluminoso cuerpo de la bibliotecaria californiana, siniestra en la imagen que me devolvía el espejo y que me acompañaría desde ese momento.
A veces, entre lágrimas , recuerdo mi casa en Buenos Aires, mis seres amados, mis libros . A veces, mientras cierro la library a las ocho de la noche en punto y aburrida doy por finalizado el día , subo con dificultad mi voluminoso cuerpo al auto y me alejo, entre lágrimas, comiendo donut.
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