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Los Talleristas Publican

-4-

Autor: Maximiliano Jofre

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GOTAN

El humo acre de ese cigarrillo lo hizo lagrimear.
¡Pucha! ¿Cómo fue que esa mina se le apareció en la vida?.
Arrugó aun mas su entrecejo.

Recordó.
Estaba sentado en la vereda mateando en la puerta de su casa. Por la ventan abierta se escuchaba a Pichuco desgranar su tango. Imaginó el puchero con que acompañaba cada estrujón del fuelle. Las notas melancólicas se enroscaban subiendo por la tardecita otoñal y se perdían entre las ramas del paraíso. El sol comenzando a ponerse lo envolvía tibio y acariciante.
Fue entonces que algo lo saco de su ensueño.
Estaba allí a su lado, mirándolo, rubia, el pelo largo que se le escapaba bajo del sombrero leve, que llevaba haciendo equilibrio sobre la coronilla. La ropa más pituca que hubiera visto por el barrio la cubría de pies a cabeza. Hasta medias de seda llevaba.
Entrecerró los ojos deslumbrado por el sol y por la rubia. Se le secó la boca, la mano que sostenía el mate le tembló imperceptiblemente.
Una voz ronca con acento indefinible, pero no porteño, eso seguro, le preguntó ¿Aquí vive Juan?
Si soy yo, pudo decir atragantándose.
¿Vos? Te recordaba diferente... no se, mas alto o mas grandote... diferente.
Pero yo soy Juan y a Ud. no la conozco, atinó a decir parándose y mirándola desorientado.
No te hagás el sonso ¡Claro que me conocés! Si me estuviste enseñado a bailar el tango. Otra vez ese acento raro en la voz envolvente de la rubia.
Me hubiera gustado ser el que le enseñó, dijo con un poco mas de aplomo, pero no soy el Juan que Ud. busca.
Pichuco se había esfumado y Canaro copaba la banca con un tangazo de aquellos que te ponen grillos en los pies.
Juancito, ¡si fue una noche inolvidable! Claro que de día te ves distinto, que se yo. Pero sos vos. Ésta es la dirección que me diste y me dijiste que te buscara. Y aquí estás, dijo dejando la carterita sobre la silla abandonada hacia un instante. Lo tomó en sus brazos ¿Cómo eran esos pasos endiablados que me explicaste?.
Juan se envaró ¿Qué dirán los vecinos? ¿La bruja de enfrente? ¿O Doña Lola, siempre atenta detrás de los visillos?
Pero el abrazo era insistente, demandante y pudo mas que la vergüenza.
Ahí estaba Canaro apremiándolo más que la rubia.
La tomó, suave y firme y arremetió por la vereda olvidando a Doña Lola, la bruja, los chiquilines o quien mongo fuera. Solo existía el tango que brotaba interminable por la ventana.

Y Gisella, claro, ¿como se podía haber olvidado?, si hacía solo dos noches la había levantado en lo de Manso.
La había visto sola en una mesita apartada, envuelta en el humo de su cigarrillo, la cascada de su pelo brillando como un cometa.
Sus pies lo habían llevado irresistibles hacia ella.
¿Bailás?
No se bailar tango, esa voz, esa rara ronquera y el acento.
No importa yo te enseño. Vas a ver que es fácil si te lleva un porteño, dijo asombrado de su arrojo. Pata e palo, lo cargaban los muchachos.
Bueno si vos lo decís.
La llevó a la pista entre las parejas que ya estaban volando.
Me llamo Juan dijo.
Gisella, la e alargada con tintineo de bronce, le contestó mientras se abrazaban como si siempre lo hubieran hecho.
Los compases, las pocas luces, los otros que se apretujaban a su alrededor, la magia de estar juntos flotando intangibles en el torbellino. Un tango y otro y otro, los grillos le brincaban en el alma. Un corte, Gisella pasando para un lado, una quebrada, Juan perdiéndose en esa mirada embrujadora. Otro tango mas, el resuello se corta, los cuerpos se acercan, se rechazan, suben, bajan, giran.
Silencio, la orquesta descansa.
El sueño se interrumpe brusco, se separan asombrados, se toman de la mano y van hacia la mesita perdida.
Una ginebra, un anís. Nada que decirse y todo. La copita deja un rastro húmedo, un círculo cabalístico.
La orquesta vuelve a acomodarse. Hiere el bandoneón un lamento bajo y profundo. Otra vez están en el centro del universo. La noche es infinita.
Gisella trastabilla, palidece.
Me tengo que ir Juan.
¿Ahora?
Si ya no hay tiempo.
Confundido la escolta a buscar sus cositas.
¿Te puedo acompañar?.
No.
Te dejo mi dirección. Vení a buscarme, y garrapatea las señas apurado en el primer papel que encuentra en el bolsillo.
Bueno. Pronto - dice - y se desvanece rumbo a la salida.

Ahora la vereda, la magia a la luz del día que se acaba, el temblor en cada paso, buscando el raro equilibrio de la danza.
Un incierto estupor lo va tomando poco a poco.
¿Qué es esto?
Gisella se vuelve traslúcida por momentos. El tronco del paraíso parece temblar detrás de una bruma.
Pedrito, el hijo del almacenero, aparece pedaleando a mitad de cuadra y queda suspendido en medio de su movimiento.
Todo se detiene.
La música no. Sigue fluyendo a través de la ventana.
Le suben y le bajan oleadas de calor y frío alternativamente.
Trata de aferrar a Gisella al tiempo que el miedo lo impulsa a soltarla.
Es el momento de elegir.
Lo cotidiano lo va aferrando. Primero un dedo, después otro se sueltan de la mano de su compañera. Ve que Pedrito comienza, muy lentamente, a reasumir su movimiento. Los visillos de lo de Doña Lola comienzan a estremecerse.
La mirada de la Bruja se le clava en la frente.
Gisella lo mira, con un dejo de desesperanza.
Ahora son ellos dos los que están inmóviles, congelados en una burbuja.
El barrio cobra vida a su alrededor, la realidad lo toma de las orejas.
Hay un quejido leve.
Cae sentado en la silla, aplastando la carterita de Gisella.
Siente que ha cometido el mayor error de su vida, pero la realidad es así: no tiene remedio.
Dentro de la carterita solo hay un pimpollo que comienza a marchitarse sin haber florecido.
Pedrito pasa a su lado hecho una exhalación. La Bruja de enfrente sale con la escoba a repasar la vereda.

En el bar, el entrecejo se la va alisando. Las lágrimas que se le deslizan una a una por las mejillas encendidas no son de ese cigarrillo amargo. Son de los sueños que dejó pasar sin retenerlos.
Como hacemos todos por otra parte.

Maximiliano Jofre

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