¿Quién es Flora?
Todavía me siento conmovido por la suerte de Flora, presa entre las balas de los asaltantes del banco y el custodio asustado.
Cayó pesadamente, corrí y le tomé las manos.
Sus ojos se fijaron en los míos, se le habían secado las lágrimas, los labios murmuraron Tomás…
Comprendí en ese momento cuánto guardaba su alma simple y clara.
Pobrecita Flora, esmirriada niña-mujer.
Le bajé los párpados y la besé en la frente.
Martha Sarno
Como todas las tardes entra apurada al geriátrico de Once, directo a la 404. La escena de siempre: La silla de ruedas, el cuerpo tullido, los ojos semicerrados, el babero y el balbuceo incomprensible. Y como todas las tardes ella sigue viendo al gigante erguido, su mirada celeste y su sonrisa protectora. Otra vez espera sin esperanzas que su mano tibia le envuelva la cara con firmeza, aislándola de todo mal, y escucha sin oír su voz dulce, sus palabras adoradas: shhh, quietita, no hables, estamos jugando a la tranquilidad…
Hola Papucho, ¿cómo estamos hoy? ¿Bien? Me alegro. Yo también, gracias. ¿Qué comiste? Mmm, ravioles, lo que más te gusta, ¡y flan! Vos sí que tenés suerte, yo todavía nada. Me muero de hambre. ¿Alguna novedad?
Mirá vos. Yo también tengo algunas. Martín empezó a trabajar ayer en un call-center, nada del otro mundo pero algo es algo. Por lo menos salió de vago. Ahora no puede ir más a cobrar tu jubilación, así que me pasé mil horas en el ANSES cambiando el poder a mi nombre. No te lo dije antes porque dieron tantas vueltas que hasta que no lo vi no lo creí. Pero ya está. Tenés nueva apoderada. Felicitaciones. Mañana es fecha de cobro, y este mes viene con aumento, por suerte, los pañales, los remedios, todo está por las nubes papi, y acá en cualquier momento se nos descuelgan con una sorpresa en la cuota.
Sabía que te ibas a poner contento.
Y claro, con Martín nunca se sabe, pan de hoy, hambre de mañana.
Igual me dijo que te manda un beso, que va a tratar de darse una vuelta el sábado, pobre.
¡Uy! Mirá la hora que se hizo Papito. Me tengo que ir a trabajar. Nos vemos mañana, que sueñes con los angelitos. ¿Me das un beso?
Se acerca, le susurra al oído el infaltable “Acordate que sos el amor de mi vida” y vuelve a impregnarse del inconfundible perfume a papá que se le queda pegado por horas.
Deja el edificio y corre para alcanzar el tren de las 8. En apenas una hora tiene que estar lista para salir a brillar en la oscura cuadra de Palermo que recorre noche a noche haciendo equilibrio con sus estiletos y su vestido apretadísimo.
La madrugada la trae agotada como siempre, pero con una sensación distinta. Se arrastra por las escaleras hasta el tercer piso, y antes de entrar, le deja el periódico a su vecino. Que Tomás esté detrás de esa puerta la tranquiliza, como papá.
Quedan pocas horas de sueño. Mañana es día de cobro y quiere ser la primera en la cola del banco. |