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Los Talleristas Publican

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Autora: Ana Lía Laguzzi

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ILUSIONES

Nicolás está llorando, como de costumbre. Sé que es chiquito y no entiende algunas cosas, pero me tiene cansada. La abuela le ha explicado más de una vez que papá y mamá tienen mucho trabajo y a veces no pueden venir a vernos. Yo entiendo lo del trabajo porque tengo diez años. Desde que papá y mamá se pelearon, ella tiene que trabajar muchas horas porque dice que él no le da plata para comida. –¡Claro que le doy plata!– dijo papá cuando le pregunté – Lo que pasa es que se la gasta en ropa y otras cosas para ella, siempre fue una egoísta…
Cuando le conté a la abuela, se puso muy seria. Los dos son unos egoístas, me contestó. Yo no estaba del todo segura sobre lo que quería decir egoísta. Así que le pregunté. –Que piensan más que nada en ellos mismos, me explicó.
Nicolás sigue llorando, me da mucha rabia. ¿Así que no piensan en él y en mí? A lo mejor la abuela se equivoca. Desde que estamos viviendo con ella a veces está un poco enojada, aunque la verdad es que es muy buena. Una noche me desperté para ir al baño y me pareció oírla llorar en su cuarto. Yo no lloro, porque soy grande y no me importa si nos quedamos a vivir con la abuela para siempre. Si mi papá y mi mamá no pueden tenernos en casa porque trabajan muchísimo, mejor que estemos con ella. Lo que yo digo es que tendrían que venir a vernos un poco más seguido, más que nada porque el pobre Nicolás los extraña mucho. Mamá siempre promete venir a pasar un fin de semana con nosotros, pero nunca puede. Un día vino en el coche de su jefe, que se quedó esperando afuera. – Lo siento mucho, tesoros, otra vez me necesitan en la oficina – nos dijo. Y se fue al ratito, nomás. Nos trajo caramelos de regalo. Yo no quise comer ninguno porque me dolía el estómago. Me debe de haber hecho mal el desayuno.
A veces pienso que papá podría darle el gusto a Nicolás, que siempre le pide que lo lleve a dar una vuelta en el auto. Pero no, que no tiene tiempo, que está muy cansado. Es cierto que parece cansado. Una noche nos trajo una pizza y se quedó a comer con nosotros y la abuela. Nicolás estaba chocho: –¿Vamos a jugar un rato después? le preguntó. – Sí, dejame ver el noticiero en la tele y después jugamos, dijo papá. Se sentó a ver el noticiero y se quedó dormido. La abuela lo despertó y entonces se fue a su casa.
–Te prometo que la próxima vez jugamos, le dijo a Nico.
¡La próxima vez! Yo sé que nunca va a haber una próxima vez. Ni él va a jugar con Nico, ni mamá va a pasar un fin de semana con nosotros. Yo me doy cuenta porque ya soy grande y por suerte no me importa. Me da pena por Nico. Se hace ilusiones. Mejor no hacerse ilusiones, porque por ahí un día se mueren los dos, papá se estrella con el auto y mamá se agarra alguna enfermedad mala, como mi tía Susi, que se murió. ¡Que se mueran, si se tienen que morir! A mí me da lo mismo, ya soy grande y está la abuela. Me da mucha pena por Nicolás.

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SECRETO

La encontré por casualidad. Había decidido que el viejo piso de madera del placard necesitaba limpieza. Al frotar las tablas con un trapo, sentí que una de ellas estaba floja. Noté entonces que no se apoyaba sobre una superficie lisa. Algo debajo no permitía que se asentase del todo. Probé levantarla. Así fue como la encontré. Una llave chata, de cabeza cuadrada. Parecía pertenecer a una puerta. ¿Pero qué puerta? La casona tenía muchas. ¿Y por qué esconderla?
El hallazgo despertó mi curiosidad. Empecé a fantasear. Quizás haya un cuarto secreto… La casa había pertenecido a mi tía Isabel. Yo acababa de heredarla. A mis primos no les había hecho gracia que me la hubiese dejado a mí, pero se resignaron. De todas maneras, ella no los olvidó en su testamento. Aunque sin duda yo había sido su sobrina favorita, el legado me sorprendió. Siempre pensé que la compartiríamos entre todos sus sobrinos.

Isabel, la mayor de cuatro hermanas, había vivido en la casona de Villa del Parque desde que se casó. Enviudó joven y sin hijos. Jamás quiso dejar el que fuera su hogar de recién casada. Mujer seria y competente, se dedicó a trabajar como profesora de idiomas y a viajar por el mundo. La casa estaba repleta de artículos comprados durante sus travesías. Yo los encontraba fascinantes y solía hacerle preguntas acerca de los lugares de donde provenían. Ella siempre tenía tiempo para satisfacer mi curiosidad con entretenidos relatos. Creo que eso fue lo que contribuyó a establecer un lazo especial entre nosotras.
Tengo una vaga memoria del que fuera su esposo, un señor con bigote que visitaba mi hogar con frecuencia y me traía regalitos. Mamá lo quería mucho, decía que era su cuñado preferido porque estaba siempre de buen humor y se llevaba bien con todo el mundo. Su repentina muerte en un accidente automovilístico afectó mucho a la familia. Todos recordaban con cariño su envidiable alegría de vivir.

Después de pensarlo bastante decidí poner en venta la vieja casona. Era demasiado grande y costosa de mantener. Varias veces probé la llave en todas sus puertas, pero no había caso. Aunque no se lo confesé a nadie, busqué infructuosamente indicios de un cuarto secreto. Tuve que resignarme. Quizás ni siquiera había pertenecido a mi tía, a lo mejor la habían olvidado en el placard los propietarios anteriores.
Mientras esperaba un comprador, fui vaciando de a poco su interior. Regalé muebles y adornos a muchos familiares que estaban interesados y vendí lo que pude. Para mí reservé varios recuerdos de viaje, inspiradores de los relatos que tanto disfruté en mi infancia. También decidí llevarme un hermoso armoire de roble que la tía tenía en su dormitorio. Era muy pesado. Fueron necesarios tres hombres fornidos para moverlo y cargarlo en el camión de mudanzas. Entonces vi una pequeña caja fuerte empotrada en la pared sobre la que había estado apoyado. Mi corazón se aceleró. Esperé a estar sola y fui en busca de la misteriosa llave. Tal como lo presentí, entró con facilidad en la cerradura de la caja.
De pronto tuve miedo. No me atrevía a abrirla. No seas tonta – me dije - ¿qué creés que vas a encontrar? La llave giró con la dificultad que causa la falta de uso. ¡Quién sabe cuanto tiempo había pasado desde que tía Isabel la abriera por última vez! Nunca hubiese podido mover el armoire ella sola. Dentro había un manojo de cartas. Claro – pensé con ternura - las cartas de amor de su adorado marido… No debería leerlas. Las dejé sobre una mesa. Cada tanto las miraba. No me decidía a hacerlo. Tampoco a destruirlas. Al fin pensé que a ella no le molestaría que lo hiciese. ¿Acaso no había compartido sus relatos conmigo? Mi naturaleza romántica se impuso. Me senté en un sillón junto a la ventana que daba al jardín y comencé a leer.

Varias horas más tarde seguía sentada allí, con las cartas esparcidas en mi falda. Una mujer casada se las había escrito a su amante, el marido de Isabel. Supe del amor que los unía y de la culpa que ambos sentían, sobre todo ella. “Perdoname – le decía – perdoname, pero no tengo fuerzas para hacer esto. No me lo pidas más. Ni siquiera la vida que hemos engendrado juntos lo justifica. Siempre podrás vernos, a la niña y a mí. Pero lo nuestro no puede continuar. Se acabó”.
Las cartas no estaban firmadas. No importaba. La letra de mi madre es inconfundible.

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OJOS CASTAÑOS
Dedicado a la memoria de mi hermano, Raúl Federico Laguzzi

Temprano en el día, gritabas desde la cama: ¡Lala, la leche!
Tu pedido fue el despertador de muchas de las mañanas de mi infancia. Cuando Lala se fue a trabajar a otra parte, me sorprendió el vacío que dejaba su ausencia y la de tu grito matutino.
Eras un chico con rulos, un tanto atropellado. Con frecuencia tenías un parche en la cabeza, porque una vez más te la habías lastimado jugando, corriendo, saltando. No sé cuántos ganchos te pusieron los médicos en el cuero cabelludo a lo largo de varios años. Sin embargo, no creo que fuese falta de coordinación lo que te hacía golpear contra el suelo, paredes y otras cosas que encontrabas a tu paso, ya que eras bueno para los deportes Me inclino a creer que era debido a tu intensa concentración en la meta final y a una cierta inocencia. No veías con claridad los obstáculos en el camino, ni su peligrosidad.
Tenías dieciocho años cuando ibas a mi lado caminando detrás del coche que llevaba el féretro de nuestro padre. Enganchada en una de sus manijas, una flor grande, amarilla, se sacudía con las vibraciones del vehículo. Tus ojos castaños, fijos en ella, se cerraron. Tengo grabada esa imagen en mi sangre.
Creciste y te convertiste en un hombre con rulos y ojos que gritaban sinceridad.
Como muchos otros de tu generación, tenías ideales. Creíste que podrías contribuir a mitigar algunas de las injusticias que afectaban a muchos argentinos. Creíste, me parece, con la misma ingenuidad de tu niñez, que si lo hacías abierta y honestamente, no habría peligro.
Te equivocaste. Eras demasiado buena gente, demasiado confiado, demasiado inexperto en la magnitud de la maldad humana. El odio te tomó por sorpresa. No lo esperabas, vos, que nunca habías odiado de verdad a nadie. Te partieron el corazón, te quitaron lo que más querías en el mundo. Son muy sabios los malvados. Saben muy bien cómo golpear donde más duele.
Arrastraste el peso de tu pérdida toda tu vida con un valor y una dignidad de la que hubieran sido incapaces tus enemigos en una situación similar. Porque de valor, esos cobardes asesinos, no sabían nada.
Fuimos victimas de crueles circunstancias. No pudiste protegerte del odio de algunos, del narcisismo de otros. Años y años viéndonos poco y nada, viviendo separados por miles de kilómetros. Sin embargo, hubo ocasiones en las que pude contemplar tu mirada, tierna algunas veces, melancólica otras, con destellos de humor de vez en cuando al contar uno de tus chistes tontos…Trato de recordar cuando fue la última vez que las nuestras se cruzaron. No recuerdo cuando tuvo lugar nuestro último abrazo. Siempre confié en que habría otra oportunidad. Pero el tiempo se nos acabó.
¿Por qué? No dejo de preguntarme por qué no consultaste al médico. ¡Eras tan inteligente! ¿Por qué no reconociste las señales de peligro?
Quizás fue la ingenua confianza del pibe con rulos, quizás la fatiga existencial de un hombre que, habiendo dejado a quien más quería en buenas manos, sintió que había llegado al final del camino.
Ojos castaños, sinceros como tu esencia. Muchas veces nos faltaron las palabras, pero ellos me ayudaron a comprenderte. Ojos castaños, ojos elocuentes. Quiero creer que pudieron leer en los míos lo que no pude o supe decirte.

 
Ana Lía Laguzi
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