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Autora: Ana Lía Laguzzi

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ESPERA


Desde que era chica lo había presentido. No tenía claro qué era lo que esperaba, aunque sabía que lo reconocería al encontrarlo. A través de los años varias veces le pareció estar cerca. Momentos breves que le permitieron vislumbrar la meta, instantes de intensa emoción que le susurraron lo innombrable.
A medida que pasaba el tiempo su secreta espera perdió intensidad pero no la abandonó. Paciencia, se dijo, ya va a llegar. No dudaba, tenía la certeza del encuentro. La sentía en el latir premonitorio de su corazón, en la bruma de sus sueños, en el gozo de lo cotidiano.
Ya no era joven cuando ocurrió. Estaba sola, al caer la tarde, en el campo de lava petrificada que rodeaba a un volcán. Flores de todos colores crecían entre las piedras negras. Las laderas de la montaña se tenían de rojo iluminadas por el sol poniente. La sintió llegar con fuerza. La envolvió por completo, la transportó al puerto anhelado.
Se recostó sobre las piedras. Alcanzó a murmurar, gracias.

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EL RELATO DEL RECUERDO

Crecieron en un pasaje tranquilo de un barrio de Buenos Aires y se hicieron amigas jugando en la calle. Las casas eran de una o dos plantas solamente y todos en la cuadra se conocían. Mirta y su familia eran considerados por los vecinos como ricos, porque no sólo el papá tenía un coche, signo indudable de prosperidad en esa época, sino que todos los años se iban de vacaciones por un mes a Mar del Plata. A Estela le dolía un poquito el pecho cuando escuchaba a Mirta hablar del mar, que ella sólo conocía por fotos. En el verano, cuando Mirta no estaba, la imaginaba en la playa, divirtiéndose con las olas y la arena. Abrumada por el deseo de estar allí, se daba cuenta de que la envidiaba. Estos pensamientos la perturbaban, porque sabía que tenía padres cariñosos que le daban todo lo que podían.
Estela era la mayor de tres niñas y había aprendido a compartir desde que era pequeña. Mirta tenía un hermano seis años mayor que la mimaba tanto como los padres. No había nadie como ellos en toda la cuadra, pensaba Estela. Eran mucho más indulgentes que otros papás, y Mirta y su hermano gozaban de mayor libertad que los demás chicos del barrio. No parecían tener horarios fijos para entrar o salir de su casa, para jugar en la calle, para sentarse a hacer los deberes. Sus padres parecían estar siempre de buen humor y su benévola actitud abarcaba a todos los amigos de los hijos. La mamá les preguntaba con frecuencia si se estaban divirtiendo, y nada parecía alegrarla más que una respuesta afirmativa.
Las dos chicas eran buenas amigas, aunque no cabía duda que la relación no era del todo pareja. Estela era más tímida y reservada, y más seria en sus estudios. Aunque muy inteligente, Mirta era sólo una alumna mediocre que no se esforzaba en la escuela. Solía hacerle bromas a Estela por ser tan aplicada. – ¿Para qué estudiás tanto? – le preguntaba riéndose. Estela no lo podía explicar, tenía algo que ver con el placer de sus padres al ver su boletín de calificaciones pero también con su relación con Mirta. Era el único aspecto de sus vidas en el cual Estela no se sentía en desventaja. Cuando jugaban, nadie disfrutaba como Mirta, nadie se reía como ella. Si aparecía un chico o una chica nueva en el barrio, Mirta sabía cómo convertirse en su amiga antes que nadie. Ella sabía nadar y se bañaba en el mar todos los veranos, placeres desconocidos para muchos otros de los chicos de la cuadra.
Estela la quería a Mirta pero a medida que se adentraron en la adolescencia su compañía comenzó a resultarle frustrante. Muy locuaz, el discurso de su amiga tendía a centrarse en sí misma. Era difícil para Estela admitir que le molestaba la manera en que Mirta se jactaba de todos los aspectos de su vida, declarando a sus padres como los más buenos del grupo y a su hermano como el más buen mozo. Se sentía mezquina por resentir la insistencia con que pregonaba que su vida iba muy bien encaminada porque era muy popular entre los muchachos. Muy dentro de sí, Estela sospechaba que al menos en parte Mirta tenía razón. Soy demasiado seria, pensaba. Como no le resultaba fácil ignorar esos sentimientos, poco a poco fue poniendo distancia entre ambas.
Cuando terminaron la escuela secundaria, la brecha era evidente. Mirta tenía una activa vida social, como sus padres, y estaba de novia en serio. Se dedicaba a estudiar inglés, porque es necesario para viajar por el mundo, decía. Sus planes incluían un marido, muchos viajes y dos o tres hijos. Estela, en cambio, no estaba de novia y se preparaba para ingresar a Medicina. Dos años después Mirta se casó, la familia se mudó a otro barrio y se perdió su rastro.
Quince años más tarde, estando Estela de guardia en la sala de emergencias de una clínica, llegó una ambulancia trayendo a una mujer que había intentado suicidarse cortándose las venas. El personal de la misma le entregó la documentación que la acompañaba. Cuando vio el nombre de la paciente, el corazón le dio un salto. Volvió a leer. No había dudas. Era Mirta, su amiga de la infancia. Incrédula se acercó a la camilla. La paciente tenía los ojos cerrados. Más tarde fue trasladad a terapia intensiva.
Recién tres horas después le fue posible a Estela hablar con el marido de Mirta, que había estado esperando afuera de la sala. Era un hombre joven, bien parecido, que tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Según él, su mujer había estado algo rara durante el último año, pero se negaba a responder a sus preguntas o a dar alguna explicación por sus bruscos cambios de humor y aparente indiferencia por todo lo que antes parecía disfrutar. Tenían dos hijos. La crisis de ese día, por suerte, había tenido lugar cuando los chicos no estaban en la casa. El padre no sabía cómo iba a contarles lo ocurrido. Estela le explicó que Mirta iba a ser evaluada psiquiátricamente en cuanto fuera prudente, y le aconsejó que él solicitase ayuda profesional para manejar lo mejor posible la situación familiar.
Esa noche en su casa, Estela no podía dejar de pensar. ¿Cómo era posible? ¿La divertida, la popular, la chica cuya alegría de vivir había secretamente envidiado, esa joven conversadora y vivaz, había querido suicidarse? No lo podía creer. Al día siguiente fue a verla antes de que la sacaran de terapia, ya que estaba médicamente estable. Mirta la reconoció enseguida. Estela comenzó a hacerle preguntas médicas de rutina mientras en su interior se debatía entre el deseo de invitar confidencias y el temor a hacerlo.
Con voz débil pero firme, Mirta tomó la iniciativa. – Vos no tenés idea de lo irónico que es que hayas sido uno de los médicos que me atendió ayer - le dijo.
– ¿Irónico?
– Sí, una triste confirmación de lo que siempre supe. Yo, hecha un desastre, y vos la eficiente profesional. ¡Que contraste!
– No te entiendo, Mirta. ¿De qué estás hablando?
– Vamos, Estela, vos y yo sabemos qué siempre me sacaste ventaja en un montón de cosas, empezando por tus padres….
– ¿Mis padres?
– Sí, tus padres. ¡Qué no daría yo por haber tenido padres como ellos! ¡Tan interesados en sus hijos, alentándolos en sus estudios, cercanos a ustedes todo el tiempo! Los míos estaban siempre centrados en ellos mismos, no se interesaban por nuestros estudios, nos daban mucha libertad para que no los molestáramos…
– Me parece que a lo mejor estás exagerando un poco, Mirta….
– No. ¡Qué voy a exagerar! Lo que mi mamá quería era que yo estuviese ocupada divirtiéndome todo lo posible así ella y papá podían disfrutar de sus amistades y paseos sin limitaciones. No me alentaron a estudiar una carrera … Casate nena, tené hijos y divertite como nosotros… ¡Esos eran los tontos de mis padres!
– ¿Y tu hermano?
– El también lo sufrió en carne propia. Esa pareja tan simbiótica, en la cual los hijos no eran más que un adorno… – la voz de Mirta se quebró.
Alarmada, sin poder ocultar su sorpresa, Estela le pidió que descansara, que hablarían en otro momento. Mirta le pidió que la visitase en cuanto pudiera. – Quiero hablar con vos, le dijo – hay cosas que tengo guardadas desde hace demasiado tiempo. Prometeme que hablarás otra vez conmigo.
Estela prometió y se alejó muy confundida. No podía creer lo que había escuchado.
Mirta fue dada de alta al día siguiente con la recomendación de recibir tratamiento psiquiátrico y psicológico. Dejó en la clínica una nota para Estela con su dirección y número de teléfono, pidiéndole que por favor se pusiese en contacto.
Estela sentía temor y deseos de hacerlo al mismo tiempo. La llamó después de unos días y Mirta la invitó a su casa a tomar un café. La encontró muy pálida, serena, triste. Una vez que comenzó a hablar no pudo parar. Y así fue como Estela escuchó una versión de la infancia y adolescencia de ambas que no coincidía en nada con la suya propia.
Mirta sentía que se había dedicado a pasarla bien para cumplir con el mandato de sus padres. Que no había estudiado lo suficiente porque ellos demostraban poco interés en el tema, les bastaba con que pasase al año siguiente. Que la pregunta que su madre hacía con frecuencia sobre si se estaban divirtiendo, se había convertido con los años en una amarga broma entre ella y su hermano. Con voz temblorosa Mirta le pidió perdón.
– Lo siento mucho, Estela, ¡te envidiaba tanto! Sabía que eras más inteligente que yo y que llegarías lejos en la vida. Veía que tus padres se ocupaban mucho de vos y tus hermanas y me dolía que mis padres fuesen como eran. Sentía que sólo en lo social, en la adolescencia, yo llevaba la mejor parte porque vos eras algo tímida. Y me jactaba de eso para compensar por mis carencias. Perdoname. Ya ves, tengo un buen marido y dos lindos hijos, pero estoy harta de pasarla bien y nada más. Odio lo que hice con mi vida, odio la infancia que tuve…
Horas más tarde Estela dejó la casa de Mirta en un torbellino de emociones. Se sinceró con su amiga, contándole cómo había percibido sus vidas en el tranquilo pasaje donde vivieron cuando chicas. Le confesó su envidia.
Mirta la había escuchado en silencio. Estela no sabía si su confesión la ayudaría. Si su vieja amiga algún día podría entender lo que ella acababa de vislumbrar. La vida es como uno la recuerda, no siempre como uno la vivió.

 
Ana Lía Laguzi
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