Trayectoria
Trabajos de Martha Goldin
Poemas de Martha Goldin

Los Talleristas Publican

-1-

Autora: Dolores Fernández

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CONFUSIÓN

Ella arrastra las pantuflas no enciende la luz. No quiere molestar. Tuvo que mudarse a la casa del hijo. Con nuera y todo.
Y ahí esta la pobre. Durmiendo en el living; hasta que terminen de pintar el cuarto, al paso que van se muda a “Chacarita”.
La escucho detenerse. ¿Y si se cae? Al fin y al cabo, a mi la nuera no me resulta simpática.
Pero es la patrona. No importa mejor me fijo. A ver si se fractura y tengo mas trabajo.
En el living, tinieblas, pero con tantos aparatos, por las noches hay lucecitas rojas que titilan. Si parece el interior de una nave espacial.
Está parada en el medio de la alfombra. No va ni para delante ni para atrás.
No se da cuenta que a la izquierda está el sillón donde duerme.
Mira con los ojos muy abiertos el resplandor que viene de la Compu.
Tengo que ayudarla. Si prendo la luz le da un infarto. Quiero hablarle pero cierro la boca.
La voz de ella murmura despacito unas palabras.
El índice apuntando la luz roja. Y la voz que repite: A casa, a casa.

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SOLO

Se detuvo en el centro de la habitación. Él, sus valijas y los recuerdos golpeando.
Por momentos: veía a su madre persiguiéndolo con un plato de comida y repitiendo:Estás muy flaco, come, come.
Los amigos insistiendo con teléfonos de señoritas deseosas de conocerlo.
Abrió las valijas, acomodó sus cosas en el baño, levantó la tapa del inodoro, colgó con cuidado la toalla.
Entró al dormitorio; colocó una a una las perchas, alinedas a la izquierda.
Eligió los últimos cajones. Cuando terminó de guardar las medias. Pensó los cajones de arriba para la ropa de...
Ese placard anónimo, sin perfumes vació de colores, era su presente.
Sintió que el futuro lo esperaba como un laberinto donde su pobre vida se perdía, sin retorno.
La noche lo encontró sentado en un rincón, secos los ojos; vacía el alma, las manos huérfanas de caricias.

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NOCHE OSCURA Y LLUVIOSA...

No puede ser. En el medio de la peor tormenta de mi vida me cruzo con mi sombra.
¿Dónde se ha visto? Mi sombra en medio de una noche sin luna con una sonrisa irónica pintada en la cara.
Ya verá con quien se encuentra la atrevida.
No sabe.
¿Que va a saber?
En verano tome clases de boxeo, mientras la holgazana se protegía del sol de Mar del Plata.
Afirmo los pies en la acera mojada. Un golpe de izquierda en la mandíbula me librará de ella.
Aunque no lo crean.
A pesar de la lluvia la gente forma un círculo. Celulares y cámaras en mano.
¡Qué gran cosa la tecnología. Graban ansiosos la gran pelea del año.
Ya lanzo el gancho demoledor, como saeta se estrellara en su cara sonriente.
¡Qué cintura! Está en buen estado.
Por poco termino enterrado en el asfalto.
No importa, la demoleré. Con un golpe de zurda en el hígado se quedará sin aire.
Se termina la historia. Llega la policía.
Seguro llamaron para salvarla.
Lo que no entiendo es porque tengo este chaleco.
Si por lo menos, fuese de mi talle.

 

EL OJO DEl AGUA

Desde la casa, no pueden verlo. Está escondido detrás del montecito de naranjos disfrutando su lugar preferido sentado en el borde del aljibe con los pies reflejados en el ojo del agua.
Lo tienta el aroma que llega de la casa. Se le hace agua la boca, pero se demora.
La vista, clavada en el fondo negro y misterioso con sueños niños enredados entre las pestañas.
La voz de la abuela lo obliga a dejar su atalaya, sale raudo, persiguiendo el olor a manzanas. El cuerpo flaco y bronceado, los ojos brillantes, la sonrisa blanca.
Seis años ansiosos de juegos y caricias.
Cruza el montecito con los bolsillos cargados de buñuelos y la gomera en la cintura. La lleva porque era del padre. No le gusta matar pájaros.
Como todos los días va hacia la quinta abandonada.
En la quinta se trepa al árbol más alto. A lo lejos ve las tierras secas y los árboles achaparrados que parecen islas de sombras donde el ganado flaco rumia el hambre.
Así son los veranos. Frutas, pájaros en vuelo, cielos candentes, y el aljibe donde él habla con su Ángel de la Guarda.
El aljibe le trae recuerdos chiquitos, cuando todavía estaba su papá y la abuela lo llevaba prendido a la pollera y le enseñaba canciones mientras sacaba el balde del pozo.
Era el tiempo de la risa. Cuando sus padres caminaban abrazados.

Después lloraron por el abuelo.
El Vasco le contó un día que las tierras de la familia se extendían mas allá de donde podía llegar la mirada.
Del abuelo sólo tiene presente una cruz a la que la abuela le cuenta cosas.

Recuerda que los hombres hablaban de las cosechas, las mujeres lloraban. Su padre se marchó. Lo recuerda parado al lado del aljibe, la cabeza apoyada en el brocal, fija la mirada en el ojo de agua.
La madre olvidó la risa y las palabras. La abuela dejó de cantar.
Se terminó la plata. Quedó la casa y un pedazo de campo.
Para ese entonces el Vasco, que fue el comprador de las tierras se cayó del eucaliptos más alto, del mismo en que él esta trepado. Desde entonces arrastra la pierna.
La quinta quedó abandonada. Los animales del campo y él fueron los únicos propietarios.

Tiene que volver a la casa, antes del regreso de la madre.
La abuela repite su queja: _Tenes que estar antes de que ella llegue porque si no se enoja y no se puede estar en la casa con ese humor de perros.
Él la ha escuchado gritar. _! No puedo trabajar y cuidarlo!
La madre sabe que es injusta. Los abuelos la recibieron con la panza cargada,
El padre, casi un niño, la trajo de la mano. Ella era la hija menor de un peón de la quinta.
El Vasco se lo contó. Fue bien recibida en la casa de los ricos del pueblo.
Pero ahora trabaja en la Envasadora, trae la plata y lo hace notar.
Sale a la madrugada pedaleando la bicicleta que se desarma en los surcos del camino.
Él ha olvidado las caricias de su madre.
Ella se ha vuelto árida como la tierra. No sabe que hacer con la mujer que la reclama por dentro.
Se revela con la suegra que trata de consolarla.
Cómo se atreve esa anciana a derrochar consuelo si llora su propia soledad.
El hijo se marchó dejándola con un nieto y una nuera no deseada.

El niño recuerda cuando al pueblo llegó el circo.
Escuchó los gritos. No entendía que tenia de malo el circo, o el pueblo; que sólo era un grupo de casas viejas, la escuelita y un pedazo de campo seco con hamacas rotas que llamaban plaza. En el invierno él iba a la escuela en la chatita de Marcial, el dueño del tambo.
¿Por qué tanto alboroto? El circo estaba en la plaza.
La abuela se puso firme, hablaba de que el niño no podía estar en una jaula.
Él no sabía qué era una jaula.
Conoció el circo. Se pararon frente a una ventanita La abuela entregó el anillo y le dieron las entradas. Se sentaron en primera fila, tan cerca que podía ver los zapatos rotos del payaso.
Supo qué era una jaula: ahí estaba el león con las costillas flacas, desdentado y con marcas de dolor en el lomo pelado.

Esta mañana se subió al árbol más alto. Desde allí ve el camino, espera ansioso el regreso de la madre, que hoy cumple años.
La esperan con una torta, todo será distinto.
En el camino aparece la chatita de Marcial.
Ella baja, el pelo suelto, la risa desconocida; seguro que tuvo noticias del padre.
Quiere bajar, alcanzarla. Se detiene al ver el gesto de la madre.
Los brazos extendidos hacia el cuerpo de Marcial que se acerca.


Aprieta los párpados, no consigue retener las lágrimas que le dibujan surcos ardientes en la cara.
Quiere escapar.
Él conoce el camino de memoria, puede hacerlo con los ojos cerrados.
Quiere llegar al ojo de agua, qué del otro lado escuchen su grito.
O llegar al fondo donde se refleja la luna.

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Dolores Fernández
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