OJOS CASTAÑOS
Dedicado a la memoria de mi hermano, Raúl Federico Laguzzi
Temprano en el día, gritabas desde la cama: ¡Lala, la leche!
Tu pedido fue el despertador de muchas de las mañanas de mi infancia. Cuando Lala se fue a trabajar a otra parte, me sorprendió el vacío que dejaba su ausencia y la de tu grito matutino.
Eras un chico con rulos, un tanto atropellado. Con frecuencia tenías un parche en la cabeza, porque una vez más te la habías lastimado jugando, corriendo, saltando. No sé cuántos ganchos te pusieron los médicos en el cuero cabelludo a lo largo de varios años. Sin embargo, no creo que fuese falta de coordinación lo que te hacía golpear contra el suelo, paredes y otras cosas que encontrabas a tu paso, ya que eras bueno para los deportes Me inclino a creer que era debido a tu intensa concentración en la meta final y a una cierta inocencia. No veías con claridad los obstáculos en el camino, ni su peligrosidad.
Tenías dieciocho años cuando ibas a mi lado caminando detrás del coche que llevaba el féretro de nuestro padre. Enganchada en una de sus manijas, una flor grande, amarilla, se sacudía con las vibraciones del vehículo. Tus ojos castaños, fijos en ella, se cerraron. Tengo grabada esa imagen en mi sangre.
Creciste y te convertiste en un hombre con rulos y ojos que gritaban sinceridad.
Como muchos otros de tu generación, tenías ideales. Creíste que podrías contribuir a mitigar algunas de las injusticias que afectaban a muchos argentinos. Creíste, me parece, con la misma ingenuidad de tu niñez, que si lo hacías abierta y honestamente, no habría peligro.
Te equivocaste. Eras demasiado buena gente, demasiado confiado, demasiado inexperto en la magnitud de la maldad humana. El odio te tomó por sorpresa. No lo esperabas, vos, que nunca habías odiado de verdad a nadie. Te partieron el corazón, te quitaron lo que más querías en el mundo. Son muy sabios los malvados. Saben muy bien cómo golpear donde más duele.
Arrastraste el peso de tu pérdida toda tu vida con un valor y una dignidad de la que hubieran sido incapaces tus enemigos en una situación similar. Porque de valor, esos cobardes asesinos, no sabían nada.
Fuimos victimas de crueles circunstancias. No pudiste protegerte del odio de algunos, del narcisismo de otros. Años y años viéndonos poco y nada, viviendo separados por miles de kilómetros. Sin embargo, hubo ocasiones en las que pude contemplar tu mirada, tierna algunas veces, melancólica otras, con destellos de humor de vez en cuando al contar uno de tus chistes tontos…Trato de recordar cuando fue la última vez que las nuestras se cruzaron. No recuerdo cuando tuvo lugar nuestro último abrazo. Siempre confié en que habría otra oportunidad. Pero el tiempo se nos acabó.
¿Por qué? No dejo de preguntarme por qué no consultaste al médico. ¡Eras tan inteligente! ¿Por qué no reconociste las señales de peligro?
Quizás fue la ingenua confianza del pibe con rulos, quizás la fatiga existencial de un hombre que, habiendo dejado a quien más quería en buenas manos, sintió que había llegado al final del camino.
Ojos castaños, sinceros como tu esencia. Muchas veces nos faltaron las palabras, pero ellos me ayudaron a comprenderte. Ojos castaños, ojos elocuentes. Quiero creer que pudieron leer en los míos lo que no pude o supe decirte.